lunes, 17 de octubre de 2011

Octubre, mes del Rosario

El Rosario es una de las modalidades tradicionales de la oración cristiana orientada a la contemplación del rostro de Cristo. En efecto, su elemento más característico – la repetición litánica del "Dios te salve, María"– se convierte también en alabanza constante a Cristo, término último del anuncio del Ángel y del saludo de la Madre del Bautista: "Bendito el fruto de tu seno" (Lc 1,42). Diremos más: la repetición del Ave Maria constituye el tejido sobre el cual se desarrolla la contemplación de los misterios: el Jesús que toda Ave María recuerda es el mismo que la sucesión de los misterios nos propone una y otra vez como Hijo de Dios y de la Virgen.

Misterios de gozo

El primer ciclo, el de los «misterios gozosos», se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: «Alégrate, María». El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen «saltar de alegría» a Juan (Lc 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como «una gran alegría» (Lc 2, 10).De este modo, meditar los misterios «gozosos» significa adentrarse en los motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo.

Misterios de luz

Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de manera especial «misterios de luz». En realidad, todo el misterio de Cristo es luz. Él es «la luz del mundo» (Jn 8, 12).

Misterios de dolor

La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos.

Misterios de gloria

El Rosario ha expresado siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión. Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo las razones de la propia fe (cf. 1 Co 15, 14), y revive la alegría no solamente de aquellos a los que Cristo se manifestó –los Apóstoles, la Magdalena, los discípulos de Emaús–, sino también el gozo de María, que experimentó de modo intenso la nueva vida del Hijo glorificado.

              El «Padrenuestro»

Jesús, en cada uno de sus misterios, nos lleva siempre al Padre, al cual Él se dirige continuamente, porque descansa en su 'seno' (cf Jn 1, 18). Él nos quiere introducir en la intimidad del Padre para que digamos con Él: «¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15; Ga 4, 6). En esta relación con el Padre nos hace hermanos suyos y entre nosotros, comunicándonos el Espíritu, que es a la vez suyo y del Padre.

Las diez «Ave Maria»

Este es el elemento más extenso del Rosario y que a la vez lo convierte en una oración mariana por excelencia. Repetir en el Rosario el Ave Maria nos acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del milagro más grande de la historia. Es el cumplimiento de  la profecía de María: «Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc1, 48).

El «Gloria»

La doxología trinitaria es la meta de la contemplación cristiana. En efecto, Cristo es el camino que nos conduce al Padre en el Espíritu. Si recorremos este camino hasta el final, nos encontramos continuamente ante el misterio de las tres Personas divinas que se han de alabar, adorar y agradecer. Es importante que el Gloria, culmen de la contemplación, sea bien resaltado en el Rosario.




miércoles, 28 de septiembre de 2011

COMPAÑEROS DE CAMINO

El 29 de septiembre celebramos la festividad de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.

Sus nombres hacen referencia a sus funciones de intermediarios entre Dios y los hombres, así como ejecutores  de sus órdenes y trasmisores de sus mensajes

- El Arcángel San Miguel: Mi-ka´el, literalmente significa “¿quién cómo Dios?. San Gregorio Magno dice en una homilía sobre los Evangelios: “...Cuando se trata de alguna misión que requiere un  poder especial, es enviado Miguel, dando a entender por su actuación y por su nombre que nadie puede hacer lo que sólo Dios puede hacer. De ahí que aquel antiguo enemigo, que por su soberbia pretendió igualarse a Dios..., nos es mostrado luchando contra el arcángel Miguel, cuando al fin del mundo, será desposeído de su poder y destinado al extremo suplicio, como nos lo presenta Juan: Se trabó una batalla con el arcángel Miguel.

- El Arcángel San Gabriel:  “ Los arcángeles que anuncian cosas de gran trascendencia se llaman arcángeles. Por esto, a la Virgen María no le fue enviado un ángel cualquiera, sino el arcángel Gabriel, ya que un mensaje de tal trascendencia requería que fuese trasmitido por un ángel de la máxima categoría... A María le fue enviado Gabriel, cuyo nombre significa” Fortaleza de Dios”, porque venía a anunciar a aquel que, a pesar de su apariencia humilde había de reducir los principados y potestades. Era, pues natural que aquel que es la fortaleza de Dios anunciara la venida del que es Señor de los ejércitos y  héroe en las batallas”.( S. Gregorio Magno)

- El Arcángel San Rafael: Rafael se presenta bíblicamente como: protector y compañero en nuestro caminar(también por el camino de la vida), sanador de nuestras cegueras(también espirituales), vencedor del demonio y del mal, abogado defensor n las dificultades de la vida, intercesor ante Dios a favor nuestro. Es uno de los siete grandes ángeles presentes ante la Gloria del Señor... Pero su misión y su protagonismo aparente tienen como finalidad la expresada por él mismo al revelar su identidad: “No temáis: La paz sea con vosotros. Bendecid a Dios por siempre...”





LA ESPERANZA.

La experiencia nos demuestra  que  en muchas personas las esperanzas ocupan en sus corazones el lugar de la Esperanza.

Para el cristiano su único tesoro debe ser la amistad con el Señor y en él todas las cosas. Esto no quiere decir que no haya que tener esperanzas, no. Hay que tener esperanzas con el Señor, y con el Señor todas las cosas.
San Ignacio de Loyola plantea en el principio y fundamento de los ejercicios espirituales lo siguiente:
“ El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y mediante esto salvar su alma. Y las otras cosas sobre la haz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden en la persecución del fin para el que ha sido creado, de donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de esas cosas creadas, cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe quitarse de ellas cuanto la impiden el fin, por lo cual es menester hacernos indiferentes a las cosas creadas en todo lo que se concedido a la libertad de nuestro libre albedrío de tal manera que no queramos más  de nuestra parte salud que enfermedad; riqueza que pobreza; honor que deshonor; vida larga que corta, y por consiguiente en todos los demás solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce  para el fin para el que hemos sido creados.”

San Ignacio ha tamizado sus esperanzas  y las ha hecho confluir en la gran Esperanza.

Cuidado, no siendo que por desear muchas cosas estemos arrinconando la gran esperanza del cielo, la esperanza del Señor.

Si las cosas que yo deseo me sirven para ese fin último que  es la gloria de Dios en el cielo, adelante con ellas; y si no que no me duelan prendas el desprenderme de ellas.